En mayo de 1934 la confesión del sínodo de las Iglesias Evangélica Confesantes reunido en Barmen acordó una respuesta confesional a los intentos de los “cristianos germanos” (Deutsche Christen), de llevar a las iglesias bajo el control y la influencia del Estado nazi. El centro del polémico y teológico texto que surgió allí, es decir, la Declaración de Barmen, escrita en su mayor extensión por el teólogo reformado suizo Karl Barth, descansa en su segunda tesis; una afirmación de que sólo Cristo es la única palabra de Dios que debe ser oída, confiada y obedecida en la Iglesia:
“Jesucristo, tal como está testificado a nosotros en la Santa Escritura es la única palabra de Dios que debemos oír, la cual debemos confiar y obedecer en la vida y en la muerte.”
Implícito en esta tesis, repetida por el mismo Barth en los años 1950 al comienzo del volumen IV/3.1 de la Church Dogmatics (CD IV/3.1, p. 3), es el rechazo de las fuentes de revelación fuera de Jesucristo que puedan servir como autoridades o normas para el testimonio de la Iglesia y la denuncia profética del totalitarismo; Barmen es una declaración de que la primaria fidelidad de la Iglesia es a Jesucristo y que todas las otras fidelidades, normas y autoridades deben ser juzgadas bajo esa luz.
La Declaración de Barmen ha llegado a simbolizar la liberación de la Iglesia para oír el Evangelio. Es, como Carl Braaten lo describe, una proclamación emancipatoria (Christian Dogmatics vol. 1, p. 52). (…) La Iglesia, con invariable regularidad, ha comprometido su testimonio a través de alianzas subrepticias y poco santas con agendas no teológicas. Barmen ha provisto un paradigma para posteriores respuestas a situaciones de crisis. Desde la resistencia que representó el nazismo y el rechazo de lealtad y adoración a cualquier otro que no sea el Señor resucitado, la Declaración de Barmen ha provisto inspiración a otras iglesias a través del mundo en la expresión confesional de oposición a la opresión, al menos en el documento Kairós en el cual los líderes de la Iglesia de Sudáfrica expresaron su oposición al apartheid y, más recientemente, la declaración de los cristianos palestinos.
Extracto de la ponencia: “Eavesdropping on the World: Interpreting Barmen throught the Secular Parables of the Kingdom”.
International Conference on Peace and Reconciliation, Seúl, Corea del Sur, 31 de octubre al 4 de noviembre de 2010.
El doctor Richard Andrew es director del Institute for Community Theology en York St. John University, Inglaterra.
martes, 9 de noviembre de 2010
jueves, 21 de octubre de 2010
La elección de Jesucristo según Karl Barth, por David L. Mueller
El párrafo crucial que sintetiza la doctrina cristocéntrica de la elección según Barth es la sección (de la Church Dogmatics) titulada: “La elección de Jesucristo”:
“La elección de la gracia es el eterno comienzo de todos los caminos y obras de Dios en Jesucristo. En Jesucristo su libre gracia determina a sí mismo para el hombre pecador y al hombre pecador para sí mismo. Por lo tanto, él toma sobre sí mismo el rechazo del hombre con todas sus consecuencias, y elige al hombre para que participe en su gloria.” (Church Dogmatics II/2, p. 94)
Basándose en la exégesis de Juan 1.1-2, Efesios 1.4ss. y otros pasajes relevantes del Nuevo Testamento, Barth desarrolla la doctrina de la elección. Su interés es mostrar que Jesucristo es eternamente uno con Dios en la unidad de la Deidad. Por lo tanto, él no está de acuerdo en discutir la elección de Dios aparte de Jesucristo quien es uno con Dios desde la eternidad. Barth declara:
“Por Él, Jesucristo y para Él y hacia él, es que el universo es creado como teatro de los deseos de Dios con el hombre y los deseos del hombre con Dios. El ser de Dios es Su ser y, del mismo modo, el ser del hombre es originalmente Su ser. No hay nada que no sea desde Él y por él y para Él. Él es la Palabra de Dios en cuya verdad todo está desplegado y cuya verdad no puede ser sobrepasada o condicionada por otra palabra.” (Church Dogmatics II/2, p. 94)
Esto nos conduce al corazón del punto de vista de Barth sobre la elección. En esencia, la elección se refiere a la decisión del triuno Dios para efectuar su propósito salvador en el mundo a través de Su palabra, el eterno Hijo de Dios.
“… Jesucristo es en sí mismo la elección divina de la gracia. Por esta razón Él es la palabra de Dios, el decreto de Dios y el principio de Dios. Él es el que todo lo incluye, comprendiendo absolutamente dentro de Él todas las cosas y cada cosa, incluyendo dentro de Sí la autonomía de todas las otras palabras, decretos y principios.” (Church Dogmatics II/2, P. 95).
Que la elección de Dios debe estar referida a Jesucristo debe ser comprendido en dos sentidos: primero, como verdadero Dios, Jesucristo es el sujeto que elige; en segundo lugar, Jesús es también verdadero hombre. Como tal, él es el hombre elegido a través de quien otros hombres son elegidos. Así, Jesucristo es el objeto de la elección tanto como el sujeto que elige.
David L. Mueller, Makers of the Modern Theological Mind, Karl Barth, Peabody: Hendrickson Publishers, 1972, pp. 100-101
Trad. Alberto F. Roldán
Ramos Mejía, 21 de octubre de 2010
“La elección de la gracia es el eterno comienzo de todos los caminos y obras de Dios en Jesucristo. En Jesucristo su libre gracia determina a sí mismo para el hombre pecador y al hombre pecador para sí mismo. Por lo tanto, él toma sobre sí mismo el rechazo del hombre con todas sus consecuencias, y elige al hombre para que participe en su gloria.” (Church Dogmatics II/2, p. 94)
Basándose en la exégesis de Juan 1.1-2, Efesios 1.4ss. y otros pasajes relevantes del Nuevo Testamento, Barth desarrolla la doctrina de la elección. Su interés es mostrar que Jesucristo es eternamente uno con Dios en la unidad de la Deidad. Por lo tanto, él no está de acuerdo en discutir la elección de Dios aparte de Jesucristo quien es uno con Dios desde la eternidad. Barth declara:
“Por Él, Jesucristo y para Él y hacia él, es que el universo es creado como teatro de los deseos de Dios con el hombre y los deseos del hombre con Dios. El ser de Dios es Su ser y, del mismo modo, el ser del hombre es originalmente Su ser. No hay nada que no sea desde Él y por él y para Él. Él es la Palabra de Dios en cuya verdad todo está desplegado y cuya verdad no puede ser sobrepasada o condicionada por otra palabra.” (Church Dogmatics II/2, p. 94)
Esto nos conduce al corazón del punto de vista de Barth sobre la elección. En esencia, la elección se refiere a la decisión del triuno Dios para efectuar su propósito salvador en el mundo a través de Su palabra, el eterno Hijo de Dios.
“… Jesucristo es en sí mismo la elección divina de la gracia. Por esta razón Él es la palabra de Dios, el decreto de Dios y el principio de Dios. Él es el que todo lo incluye, comprendiendo absolutamente dentro de Él todas las cosas y cada cosa, incluyendo dentro de Sí la autonomía de todas las otras palabras, decretos y principios.” (Church Dogmatics II/2, P. 95).
Que la elección de Dios debe estar referida a Jesucristo debe ser comprendido en dos sentidos: primero, como verdadero Dios, Jesucristo es el sujeto que elige; en segundo lugar, Jesús es también verdadero hombre. Como tal, él es el hombre elegido a través de quien otros hombres son elegidos. Así, Jesucristo es el objeto de la elección tanto como el sujeto que elige.
David L. Mueller, Makers of the Modern Theological Mind, Karl Barth, Peabody: Hendrickson Publishers, 1972, pp. 100-101
Trad. Alberto F. Roldán
Ramos Mejía, 21 de octubre de 2010
jueves, 7 de octubre de 2010
De cómo dejé de ser calvinista - Eliana Valzura
“¿Y cómo fue, Eliana, que dejaste de ser calvinista?”, me preguntó mi estudiante más despierto, adivinando debajo de mi apasionamiento una postura que yo misma no estaba explicitando. No era una clase apologética, ni mucho menos una diatriba: hablábamos de los cinco puntos del calvinismo. Hablaba yo. Vehemente. Los vivía. Los actuaba. Los respiraba delante de ellos garabateando jeroglíficos continuos en el pizarrón para que se me entendiera su concatenación, su cadencia, su lógica interna. Mientras los desplegaba, sin nombrarlos, intentaba abrir ante sus ojos, de par en par, los agujeros negros, las grietas, o las amplias exclusas por donde se escapaban, gota a gota o a raudales, todas las lógicas teológicas posibles aplicadas a Dios.
Mis estudiantes me miraban. Mi estudiante salvadoreño de la pregunta me leía entrelíneas.
Provengo de una formación calvinista, y enseñé siempre teología sistemática y calvinista. Mi formación universitaria netamente estructuralista (y tal vez mi personalidad), forjaron en mí una pasión por el orden, la lógica y los sistemas, y de acuerdo con eso, siempre estuve convencida de que el calvinista era el sistema que respondía a todas las preguntas, que ensamblaba mejor todas las partes, y que ataba más prolijamente todos los “cabos sueltos” de los interrogantes teológicos. Creía entonces que la fe era un conjunto de certezas indubitables, y confiaba en la posibilidad de acceder a la verdad por esa vía. Pobre de mí. Me faltaban unas cuantas lecciones de teología práctica.
Toparme con la doctrina de la predestinación no era un problema por entonces: de entre la masa de predestinados al infierno, Dios, en su bondad, decidió escoger a algunos. Es como si yo supiera que va a explotar esta estufa, les dije a mis estudiantes ese día, y todos fuéramos a morir, y mereciéramos morir, pero yo, que tengo el poder de decidir, elijo a Fulano y a Mengano para salir del aula, porque soy buena… Nunca lo entendí, es verdad, pero me habían enseñado a no contender con Dios, y jamás me atreví a someterlo a revisión. Al fin de cuentas, ¡A mí me habían sacado del aula!
Quizás la experiencia existencial más fuerte que un ser humano pueda vivir, la de estar solo frente a la muerte, haya cambiado en mí para siempre la manera de ver la vida. Llegar a la puerta del lugar sin retorno le permite a una la posibilidad de relativizar todo al máximo, le permite a una la posibilidad de someter todo a prueba con la mayor osadía, porque más fuerte que la muerte no hay ningún trago. Y así me pasó, creo.
Mi encuentro con Karl Barth no fue amor a primera vista. Me acerqué con anteojeras, por supuesto. Del lado calvinista siempre se lo ve liberal.
Mi compañera de teologías, Aleandra Alcón, con quien comparto esta tarea apasionante de dejarnos interrogar permanentemente por la Palabra, para traducir en palabras escritas este diálogo, escribió para mí hace unos años un artículo sobre la predestinación en Karl Barth que daba justo en la médula de mis dudas nunca expuestas.
La vida, la muerte, el dolor, la existencia, simplemente la existencia, habían estado erosionando mis certezas heredadas. ¿Sobre qué se sostenían? Ya no tenía miedo a dudar. Dudaba porque tenía fe. Si no la tuviera, no dudaría.
Cuando mi estudiante me hizo aquella pregunta una tarde como esta, lo miré fijo, me senté en el escritorio, me saqué los anteojos, y me obligué a pensar en un cambio que no fue pensado, ni meditado, ni organizado, ni predestinado, ni premeditado. Simplemente sucedió.
Pensé unos segundos y respondí.
Calvino basó todo su sistema, organizó todo su edificio de pensamiento, partiendo de la idea de un Dios soberano. Su soberanía, por encima de cualquier otra cualidad que podamos atribuirle, es la que explica contundentemente a este Dios que elige, predestina, a salvación y a perdición, o que dicho de otro modo más suave escoge a algunos y pasa por alto a otros de acuerdo a sus santos designios.
Sin embargo, en un momento especial de mi propia vida personal, cuando la vida se volvió una dura pelea a punto de perderse, descubrí en mi propia carne que ese Dios soberano no me alcanzaba, me quedaba corto, me apretaba, no cubría mis necesidades existenciales más profundas, no llenaba los vacíos más hondos de mi alma.
Fue ahí, recién, imposibilitada y desnuda, consciente al fin de mi propia humanidad, que necesité a un Dios de amor y a un Dios de gracia que sobrepuja al Dios soberano.
Vino en mi auxilio Karl Barth.
En ese momento, creo, dejé de ser calvinista.
Eliana Valzura. Teóloga residente en Mar del Plata. Licenciada en letras. Candidata al Master of Theology (SATS/FIET).
Mis estudiantes me miraban. Mi estudiante salvadoreño de la pregunta me leía entrelíneas.
Provengo de una formación calvinista, y enseñé siempre teología sistemática y calvinista. Mi formación universitaria netamente estructuralista (y tal vez mi personalidad), forjaron en mí una pasión por el orden, la lógica y los sistemas, y de acuerdo con eso, siempre estuve convencida de que el calvinista era el sistema que respondía a todas las preguntas, que ensamblaba mejor todas las partes, y que ataba más prolijamente todos los “cabos sueltos” de los interrogantes teológicos. Creía entonces que la fe era un conjunto de certezas indubitables, y confiaba en la posibilidad de acceder a la verdad por esa vía. Pobre de mí. Me faltaban unas cuantas lecciones de teología práctica.
Toparme con la doctrina de la predestinación no era un problema por entonces: de entre la masa de predestinados al infierno, Dios, en su bondad, decidió escoger a algunos. Es como si yo supiera que va a explotar esta estufa, les dije a mis estudiantes ese día, y todos fuéramos a morir, y mereciéramos morir, pero yo, que tengo el poder de decidir, elijo a Fulano y a Mengano para salir del aula, porque soy buena… Nunca lo entendí, es verdad, pero me habían enseñado a no contender con Dios, y jamás me atreví a someterlo a revisión. Al fin de cuentas, ¡A mí me habían sacado del aula!
Quizás la experiencia existencial más fuerte que un ser humano pueda vivir, la de estar solo frente a la muerte, haya cambiado en mí para siempre la manera de ver la vida. Llegar a la puerta del lugar sin retorno le permite a una la posibilidad de relativizar todo al máximo, le permite a una la posibilidad de someter todo a prueba con la mayor osadía, porque más fuerte que la muerte no hay ningún trago. Y así me pasó, creo.
Mi encuentro con Karl Barth no fue amor a primera vista. Me acerqué con anteojeras, por supuesto. Del lado calvinista siempre se lo ve liberal.
Mi compañera de teologías, Aleandra Alcón, con quien comparto esta tarea apasionante de dejarnos interrogar permanentemente por la Palabra, para traducir en palabras escritas este diálogo, escribió para mí hace unos años un artículo sobre la predestinación en Karl Barth que daba justo en la médula de mis dudas nunca expuestas.
La vida, la muerte, el dolor, la existencia, simplemente la existencia, habían estado erosionando mis certezas heredadas. ¿Sobre qué se sostenían? Ya no tenía miedo a dudar. Dudaba porque tenía fe. Si no la tuviera, no dudaría.
Cuando mi estudiante me hizo aquella pregunta una tarde como esta, lo miré fijo, me senté en el escritorio, me saqué los anteojos, y me obligué a pensar en un cambio que no fue pensado, ni meditado, ni organizado, ni predestinado, ni premeditado. Simplemente sucedió.
Pensé unos segundos y respondí.
Calvino basó todo su sistema, organizó todo su edificio de pensamiento, partiendo de la idea de un Dios soberano. Su soberanía, por encima de cualquier otra cualidad que podamos atribuirle, es la que explica contundentemente a este Dios que elige, predestina, a salvación y a perdición, o que dicho de otro modo más suave escoge a algunos y pasa por alto a otros de acuerdo a sus santos designios.
Sin embargo, en un momento especial de mi propia vida personal, cuando la vida se volvió una dura pelea a punto de perderse, descubrí en mi propia carne que ese Dios soberano no me alcanzaba, me quedaba corto, me apretaba, no cubría mis necesidades existenciales más profundas, no llenaba los vacíos más hondos de mi alma.
Fue ahí, recién, imposibilitada y desnuda, consciente al fin de mi propia humanidad, que necesité a un Dios de amor y a un Dios de gracia que sobrepuja al Dios soberano.
Vino en mi auxilio Karl Barth.
En ese momento, creo, dejé de ser calvinista.
Eliana Valzura. Teóloga residente en Mar del Plata. Licenciada en letras. Candidata al Master of Theology (SATS/FIET).
viernes, 1 de octubre de 2010
Karl Barth y "El extraño nuevo mundo en la Biblia"
En el ensayo “The Strange New World Within the Bible”, que data de 1916, Barth expone su descubrimiento del mundo de la Biblia, como si fuese una revelación. Su pregunta inicial es: “¿Qué hay dentro de la Biblia? ¿Qué tipo de casa es aquella para la cual la Biblia es una puerta de acceso?” Barth hace un repaso sucinto de la historia bíblica comenzando con Abraham en Harán, pasando por Moisés en el desierto, el tabernáculo del joven Samuel, el profeta Elías para llegar al Nuevo Testamento, la pascua de resurrección y los énfasis de Pablo en la justicia de Dios y la nueva creación en Cristo. Finalmente responde su pregunta inicial diciendo: “dentro de la Biblia hay un extraño, Nuevo mundo, el mundo de Dios. Esta respuesta es la misma que tuvo el primer mártir, Esteban cuando dijo: Veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la diestra de Dios.” El nuevo mundo de la Biblia es el mundo de Dios. Barth invita a profundizar en su contenido y, a modo de ilustración dice: “En la Biblia hay un río que nos lleva, una vez que hemos confiado nuestro destino a ella, fuera de nosotros mismos, al mar. Las Sagradas Escrituras se interpretarán a sí mismas a pesar de todas nuestras limitaciones humanas.” Pero la Biblia es historia, historia pura vinculada a lo religioso y lo humano aunque su centro es Dios. La Biblia es, en otras palabras: “Un cuadro pleno de animación y color que se despliega ante todos los que se acercan a la Biblia con ojos abiertos.” El texto que comentamos es un testimonio del cambio que se produce en la vida de Barth al retornar a la Biblia para encontrar en ella una respuesta nueva a nuevas situaciones del mundo. De ahí que en uno de los párrafos finales del ensayo, Barth contrasta el antropocentrismo con el teísmo bíblico. Dice:
Nosotros hemos encontrado en la Biblia un nuevo mundo, Dios la soberanía de Dios, la gloria de Dios, el incomprensible amor de Dios. ¡No la historia del hombre sino la historia de Dios! ¡No las virtudes de los hombres sino las virtudes de él que nos ha llamado de las tinieblas a su maravillosa luz! ¡No los puntos de vista humanos sin el punto de vista de Dios!
Este descubrimiento del nuevo mundo de la Biblia es materializado con el comentario de Barth a la carta a los Romanos. Ese comentario marcó un hito en la historia de la teología cristiana en general y de la teología protestante en particular. Cuando Barth terminó la primera redacción del comentario no encontraba a alguien interesado en publicárselo. Al fin consiguió un editor que estuvo dispuesto a publicar unas mil copias. La obra produjo una verdadera revolución en el pensamiento teológico y filosófico.
.......
Estos párrafos son parte de un ensayo que sobre el círculo hermenéutico en Calvino y Barth, publicaré próximamente.
Alberto F. Roldán
Buenos Aires, 1 de octubre de 2010
Nosotros hemos encontrado en la Biblia un nuevo mundo, Dios la soberanía de Dios, la gloria de Dios, el incomprensible amor de Dios. ¡No la historia del hombre sino la historia de Dios! ¡No las virtudes de los hombres sino las virtudes de él que nos ha llamado de las tinieblas a su maravillosa luz! ¡No los puntos de vista humanos sin el punto de vista de Dios!
Este descubrimiento del nuevo mundo de la Biblia es materializado con el comentario de Barth a la carta a los Romanos. Ese comentario marcó un hito en la historia de la teología cristiana en general y de la teología protestante en particular. Cuando Barth terminó la primera redacción del comentario no encontraba a alguien interesado en publicárselo. Al fin consiguió un editor que estuvo dispuesto a publicar unas mil copias. La obra produjo una verdadera revolución en el pensamiento teológico y filosófico.
.......
Estos párrafos son parte de un ensayo que sobre el círculo hermenéutico en Calvino y Barth, publicaré próximamente.
Alberto F. Roldán
Buenos Aires, 1 de octubre de 2010
sábado, 18 de septiembre de 2010
¿Qué está haciendo Dios en el mundo?
Hay una obvia pretensión en el intento de escribir acerca de “lo que Dios está haciendo en el mundo”. Tal pretensión podría ser apropiada en el mundo de “dioses y héroes”, pero no en el mundo del tiempo y el espacio y las cosas. Este análisis de lo que Está envuelto el pensamiento cristiano acerca de la ética, sin embargo, no pretende tener información revelada. No es por directa iluminación divina, sino por razón del carácter contextual de la actividad autoreveladora de Dios en la Iglesia, entendida dialécticamente, por lo que nos aventuramos a embarcarnos en las consideraciones de este capítulo. Will Rogers, celebrado humorista norteamericano del primer cuarto de este siglo, acostumbraba decir: "Todo lo que sé es lo que leo en los periódicos". Aspi también, todo lo que aquí se pretende sber sobre lo que Dios está haciendo en el mundo es lo que leemos en la Biblia así como "en los periódicos". La lectura de los periódicos puede o no requerir también la lectura de la Biblia. Pero por cierto una lectura perceptiva de la Biblia exige también la lectura de los periódicos. Contemporánea del dicho de Will Rogers es la observación del teólogo más celebrado de este siglo (Karl Barth) de que "aquien esté deseoso de entender la epístola a los Romanos, se le recomienda leer mucha literatura secular contemporánea ¡especialmente los períodicos!" (...)
¿Qué, pues, está haciendo Dios en el mundo? La respuesta a esta pregunta, hemos estado diciendo, se intenta fuera de la koinonía, pero sólo es sensible desde adentro de esta. Desde adentro de la kononía tiene sentido decir que lo que Dios está haciendo en el mundo es su voluntad. Tiene sentido, porque en la koinonía la voluntad de Dios no es un piadoso lugar común, sino una clara y concreta cuestión de política. En breve, “el Dios de la Iglesia” ‘es’ el Dios de la política.” (…)
Cuando decimos, pues, que Dios es un político, y que lo que está haciendo en el mundo es “hacer política”, tenemos en mente la definición aristotélica y la descripción bíblica de lo que está haciendo. Según la definición, podemos decir que política es la actividad y la reflexión sobre la actividad, que tiene a y analiza lo que cuesta hacer que la vida humana se mantenga humana en el mundo. (…)
Esta es la suma y sustancia de la política de Dios. La koinonía cristiana es la anticipación y la señal en el mundo de que Dios siempre ha estado y está haciendo contemporáneamente lo que es necesario para hacer y mantener humana, la vida humana. Esta es la voluntad de Dios, ‘como era en el principio, es ahora, y habrá de ser, eternamente’.”
Paul Lehmann, Extracto del artículo: “Qué está haciendo Dios en el mundo”, Cuadernos teológicos, Año X, Nro. 4, octubre-diciembre de 1961, pp. 243 ss. Son pocos los abordajes en los que se “define” la acción de Dios en la historia como una acción “política”. Aportamos este texto como un punto de partida para una reflexión sobre el tema, sobre todo porque en las últimas décadas en el ámbito evangélico latinoamericano, la “política” que clásicamente fue un ámbito poco abordado, no faltando quienes lo atribuían “al diablo” pasó a ser una esfera en la cual muchos quieren insertarse.
Lehmann fue un destacado teólogo protestante estadounidense que participó activamente en la política, oponiéndose al McCarthismo. Estudió con Reinhold Niebuhr y Karl Barth y fue amigo de Dietrich Bonhoeffer. Sus mayores contribuciones fueron en el campo de la ética contextual. El extracto del artículo es parte del capítulo III de su libro: La ética en el contexto cristiano, Montevideo: Editorial Alfa, 1968 cuyo título es en forma de pregunta: “¿Qué está haciendo Dios en el mundo?” En la versión de Cuadernos teológicos faltan los signos de interrogación.
AFR
Ramos Mejía, 18 de septiembre de 2010
¿Qué, pues, está haciendo Dios en el mundo? La respuesta a esta pregunta, hemos estado diciendo, se intenta fuera de la koinonía, pero sólo es sensible desde adentro de esta. Desde adentro de la kononía tiene sentido decir que lo que Dios está haciendo en el mundo es su voluntad. Tiene sentido, porque en la koinonía la voluntad de Dios no es un piadoso lugar común, sino una clara y concreta cuestión de política. En breve, “el Dios de la Iglesia” ‘es’ el Dios de la política.” (…)
Cuando decimos, pues, que Dios es un político, y que lo que está haciendo en el mundo es “hacer política”, tenemos en mente la definición aristotélica y la descripción bíblica de lo que está haciendo. Según la definición, podemos decir que política es la actividad y la reflexión sobre la actividad, que tiene a y analiza lo que cuesta hacer que la vida humana se mantenga humana en el mundo. (…)
Esta es la suma y sustancia de la política de Dios. La koinonía cristiana es la anticipación y la señal en el mundo de que Dios siempre ha estado y está haciendo contemporáneamente lo que es necesario para hacer y mantener humana, la vida humana. Esta es la voluntad de Dios, ‘como era en el principio, es ahora, y habrá de ser, eternamente’.”
Paul Lehmann, Extracto del artículo: “Qué está haciendo Dios en el mundo”, Cuadernos teológicos, Año X, Nro. 4, octubre-diciembre de 1961, pp. 243 ss. Son pocos los abordajes en los que se “define” la acción de Dios en la historia como una acción “política”. Aportamos este texto como un punto de partida para una reflexión sobre el tema, sobre todo porque en las últimas décadas en el ámbito evangélico latinoamericano, la “política” que clásicamente fue un ámbito poco abordado, no faltando quienes lo atribuían “al diablo” pasó a ser una esfera en la cual muchos quieren insertarse.
Lehmann fue un destacado teólogo protestante estadounidense que participó activamente en la política, oponiéndose al McCarthismo. Estudió con Reinhold Niebuhr y Karl Barth y fue amigo de Dietrich Bonhoeffer. Sus mayores contribuciones fueron en el campo de la ética contextual. El extracto del artículo es parte del capítulo III de su libro: La ética en el contexto cristiano, Montevideo: Editorial Alfa, 1968 cuyo título es en forma de pregunta: “¿Qué está haciendo Dios en el mundo?” En la versión de Cuadernos teológicos faltan los signos de interrogación.
AFR
Ramos Mejía, 18 de septiembre de 2010
martes, 14 de septiembre de 2010
La presencia de Karl Barth en Latinoamérica - Emilio Castro
Podemos y debemos distinguir entre dos presencias de Barth en Latinoamérica, la una de índole filosófica, la otra teológica. Miguel de Unamuno, el gran filósofo español, descubrió a Barth para el mundo hispánico, citándolo y poniendo así su nombre y algo de su pensamiento al alcance de nuestros intelectuales. Asimismo en España, en la Revista de Occidente, de gran circulación entre los medios universitarios latinoamericanos, publicó Ortega y Gasset algunos artículos sobre la persona y pensamiento de Barth. En Latinoamérica misma, la primera mención en idioma español la tenemos en la revista filosófica evangélica mejicana Luminar en el año 1938, donde se publica traducida del francés una polémica entre Blondel y Maury sobre la posición negativa de Barth en relación a la filosofía. Salvo las menciones de Unamuno, en quien se mezcla el hombre religioso, el teólogo y el filósofo, todas estas referencias a Barth se inclinan a considerarlo como parte de la reacción Kierkegaardiana contra el idealismo Hegeliano, es decir en su aspecto filosófico, en la aparente radicalidad de su negación de todo filosofar humano.
En los últimos años este aspecto ha venido a ser redescubierto en las universidades argentinas, en algunas de cuyas facultades se han dado conferencias sobre el pensamiento barthiano, si bien siempre con la dificultad de querer interpretar como filósofo a un teólogo. Al parecer quienes mejor lo entienden son los representantes del neotomismo, que lo conocen a través de las obras de Von Balthasar y Hamer. Sin embargo siempre existe la tendencia a colocarlo en la línea del existencialismo –sea éste teológico o filosófico. Tal es así (sic) que en 19454 aparece en Buenos Aires un libro del profesor Vicente Fatone, en el que Barth aparece en una misma línea junto a Heidegger, Sartre, Marcel y otros.
La presencia teológica de Barth se remonta a la llegada de las primeras traducciones francesas de algunos de sus sermones y del Credo. Se mencionaba su nombre en los seminarios, pero se notaba que su conocimiento era muy indirecto. En general era representado como el teólogo de la reacción antiliberal, que hablaba de Dios como del “totalmente otro” y que, se reconocía indulgentemente, si bien era la suya una voz profética, sin duda siendo una reacción había exagerado. Se le pagaba así un homenaje y luego se le dejaba de lado sin mayor lectura. Esta actitud dominaba en los círculos liberales. En los círculos fundamentalistas no se andaban con cortesía para sacarle de en medio. En una publicación bonaerense su nombre aparece condenado junto con otras herejías modernas como el “modernismo” y el “ecumenismo”. Claro está que se ignoraba completamente lo que se condenaba. Simplemente se le condena porque tal condenación ya había sido pronunciada en círculos fundamentalistas norteamericanos.
Si bien hombres de la talla de John Mackay, que en muchos sentidos puede ser considerado un teólogo sudamericano, conocían a fondo el pensamiento de Karl Barth, se pude afirmar que un interés serio en su obra comienza en los años de la última guerra mundial. Es desde entonces que su nombre suele estar en labios de los estudiantes de teología, y algunos artículos suyos y referencias a su pensamiento comienzan a aparecer con relativa frecuencia en periódicos eclesiásticos latinoamericanos. Hacia el fin de la guerra el incremento de contactos ecuménicos y el crecimiento del interés ecuménico en Latinoamérica misma producen una mayor posibilidad de conocer el pensamiento barthiano. El Movimiento Estudiantil Cristiano se convierte en uno de los canales por los cuales Barth se filtra en Latinoamérica.
Emilio E. Castro, “La situación teológica de Latinoamérica y la teología de Karl Barth”, Cuadernos teológicos, Nros. 18-19, 1956, pp. 9-10.
El autor es un teólogo metodista oriental, con una amplia trayectoria en el mundo ecuménico protestante, que llegó a ser Presidente del Consejo Mundial de Iglesias en Ginebra. Estudió con Karl Barth en Basilea en 1953-54. Existe una biografía de su vida y obra: Manuel Quintero Pérez-Carlos Sintado, Pasión y compromiso con el Reino de Dios. El testimonio ecuménico de Emilio Castro, Buenos Aires: Kairós, 2007. En la obra se insertan varias fotografías. La que más me conmovió es una donde aparece junto al ex presidente de la Argentina, el Dr. Raúl Ricardo Alfonsín, durante su visita al Consejo Mundial de Iglesias en Ginebra, en junio de 1987.
El autor cita a Vicente Fatone y su obra: La existencia humana y sus filósofos. Heidegger, Jaspers, Barth, Chestov, Berdiaeff, Zubiri, Marcel, Lavelle, Sartre, Abbagnano. Buenos Aires: Raigal. Fatone fue un destacado filósofo argentino. Recibió el doctorado honoris causa por la Universidad Nacional del Sur en Bahía Blanca, en 1962, ocho meses antes de su muerte.
AFR
Ramos Mejía, 14 de setiembre de 2010
En los últimos años este aspecto ha venido a ser redescubierto en las universidades argentinas, en algunas de cuyas facultades se han dado conferencias sobre el pensamiento barthiano, si bien siempre con la dificultad de querer interpretar como filósofo a un teólogo. Al parecer quienes mejor lo entienden son los representantes del neotomismo, que lo conocen a través de las obras de Von Balthasar y Hamer. Sin embargo siempre existe la tendencia a colocarlo en la línea del existencialismo –sea éste teológico o filosófico. Tal es así (sic) que en 19454 aparece en Buenos Aires un libro del profesor Vicente Fatone, en el que Barth aparece en una misma línea junto a Heidegger, Sartre, Marcel y otros.
La presencia teológica de Barth se remonta a la llegada de las primeras traducciones francesas de algunos de sus sermones y del Credo. Se mencionaba su nombre en los seminarios, pero se notaba que su conocimiento era muy indirecto. En general era representado como el teólogo de la reacción antiliberal, que hablaba de Dios como del “totalmente otro” y que, se reconocía indulgentemente, si bien era la suya una voz profética, sin duda siendo una reacción había exagerado. Se le pagaba así un homenaje y luego se le dejaba de lado sin mayor lectura. Esta actitud dominaba en los círculos liberales. En los círculos fundamentalistas no se andaban con cortesía para sacarle de en medio. En una publicación bonaerense su nombre aparece condenado junto con otras herejías modernas como el “modernismo” y el “ecumenismo”. Claro está que se ignoraba completamente lo que se condenaba. Simplemente se le condena porque tal condenación ya había sido pronunciada en círculos fundamentalistas norteamericanos.
Si bien hombres de la talla de John Mackay, que en muchos sentidos puede ser considerado un teólogo sudamericano, conocían a fondo el pensamiento de Karl Barth, se pude afirmar que un interés serio en su obra comienza en los años de la última guerra mundial. Es desde entonces que su nombre suele estar en labios de los estudiantes de teología, y algunos artículos suyos y referencias a su pensamiento comienzan a aparecer con relativa frecuencia en periódicos eclesiásticos latinoamericanos. Hacia el fin de la guerra el incremento de contactos ecuménicos y el crecimiento del interés ecuménico en Latinoamérica misma producen una mayor posibilidad de conocer el pensamiento barthiano. El Movimiento Estudiantil Cristiano se convierte en uno de los canales por los cuales Barth se filtra en Latinoamérica.
Emilio E. Castro, “La situación teológica de Latinoamérica y la teología de Karl Barth”, Cuadernos teológicos, Nros. 18-19, 1956, pp. 9-10.
El autor es un teólogo metodista oriental, con una amplia trayectoria en el mundo ecuménico protestante, que llegó a ser Presidente del Consejo Mundial de Iglesias en Ginebra. Estudió con Karl Barth en Basilea en 1953-54. Existe una biografía de su vida y obra: Manuel Quintero Pérez-Carlos Sintado, Pasión y compromiso con el Reino de Dios. El testimonio ecuménico de Emilio Castro, Buenos Aires: Kairós, 2007. En la obra se insertan varias fotografías. La que más me conmovió es una donde aparece junto al ex presidente de la Argentina, el Dr. Raúl Ricardo Alfonsín, durante su visita al Consejo Mundial de Iglesias en Ginebra, en junio de 1987.
El autor cita a Vicente Fatone y su obra: La existencia humana y sus filósofos. Heidegger, Jaspers, Barth, Chestov, Berdiaeff, Zubiri, Marcel, Lavelle, Sartre, Abbagnano. Buenos Aires: Raigal. Fatone fue un destacado filósofo argentino. Recibió el doctorado honoris causa por la Universidad Nacional del Sur en Bahía Blanca, en 1962, ocho meses antes de su muerte.
AFR
Ramos Mejía, 14 de setiembre de 2010
viernes, 10 de septiembre de 2010
Las relaciones entre la Iglesia y el Estado según Karl Barth
En su Dogmática Eclesiástica, el volumen III/4 expone su pensamiento en relación a los problemas éticos planteados por la situación de la criatura humana: las relaciones con la creación, las relaciones entre el hombre y la mujer: casamiento, padres e hijos, pueblo y humanidad, respeto a la vida, problemas del trabajo, etc. Pero sin duda alguna, desde nuestro punto de vista, el trabajo más importante de Barth es su opúsculo titulado Comunidad cristiana y comunidad civil, que corresponde a 1946 y que es como una síntesis de todo su pensamiento acerca de la situación y el compromiso del cristiano en la sociedad y con la política.
En dicho trabajo Barth sitúa a la comunidad civil en su correcta perspectiva frente a la comunidad cristiana: es ésta la que comprende la verdadera necesidad de la comunidad civil. “Pues ella sabe que todos los hombres (cristianos y los no cristianos) tienen necesidad de “reyes”, es decir, de seres situados bajo un orden legal exterior, relativo y provisorio, protegido por una autoridad y un poder superiores. Ella sabe que la forma auténtica, original y definitiva de este orden será revelada en el Reino eterno de Dios y en la justicia eterna de su gracia”. La comunidad cristiana comprende la necesidad de la comunidad civil, porque sin un orden político no habría posibilidad de un orden cristiano.
Esto no representa una justificación tota de lo que hace el Estado; éste será sometido al juicio de Dios. La actividad del Estado debe estar al servicio de Dios (Rom. 13: 4), y la comunidad cristiana debe discernir cuándo y cómo el Estado cumple este servicio: de ninguna manera la Iglesia (como comunidad cristiana) puede asumir la actitud indiferente de un cristianismo apolítico. Frente al Estado la comunidad cristiana no debe perder su identidad de tal: tiene que anunciar la soberanía de Jesucristo y la esperanza del Reino de Dios que viene, y su consecuencia, del juicio de Dios para el Estado en la situación actual.
Julio de Santa Ana, “Algunas referencias teológicas actuales al sentido de la acción social” en Responsabilidad social del cristiano, Montevideo: ISAL, 1964, pp. 33-34
AFR
Ramos Mejía, 7 de setiembre de 2010
En dicho trabajo Barth sitúa a la comunidad civil en su correcta perspectiva frente a la comunidad cristiana: es ésta la que comprende la verdadera necesidad de la comunidad civil. “Pues ella sabe que todos los hombres (cristianos y los no cristianos) tienen necesidad de “reyes”, es decir, de seres situados bajo un orden legal exterior, relativo y provisorio, protegido por una autoridad y un poder superiores. Ella sabe que la forma auténtica, original y definitiva de este orden será revelada en el Reino eterno de Dios y en la justicia eterna de su gracia”. La comunidad cristiana comprende la necesidad de la comunidad civil, porque sin un orden político no habría posibilidad de un orden cristiano.
Esto no representa una justificación tota de lo que hace el Estado; éste será sometido al juicio de Dios. La actividad del Estado debe estar al servicio de Dios (Rom. 13: 4), y la comunidad cristiana debe discernir cuándo y cómo el Estado cumple este servicio: de ninguna manera la Iglesia (como comunidad cristiana) puede asumir la actitud indiferente de un cristianismo apolítico. Frente al Estado la comunidad cristiana no debe perder su identidad de tal: tiene que anunciar la soberanía de Jesucristo y la esperanza del Reino de Dios que viene, y su consecuencia, del juicio de Dios para el Estado en la situación actual.
Julio de Santa Ana, “Algunas referencias teológicas actuales al sentido de la acción social” en Responsabilidad social del cristiano, Montevideo: ISAL, 1964, pp. 33-34
AFR
Ramos Mejía, 7 de setiembre de 2010
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